Aquí no hay tomate.
Pulsó el botón y el mundo se le derrumbaba en la pantalla. La negrura persistía, sin querer dar opción a alguna imagen, cualquiera que fuera. Sólo un imbécil elige un aparato eléctrico para llevarse a una isla desierta.
Minipisos.
Era normal que se enfadara tanto con su compañero. Ella, que se había encargado siempre de las cosas de la casa, tenía el derecho a recriminarle a él, el macho, que después de tanto tiempo no hubiera conseguido un lugar mejor, sino todo lo contrario. Antes, ¡aquello si que era espacio!, y ahora en un televisor de plasma en el que no había casi sitio. La flamenca no dejaba pasar un día sin echárselo en cara al toro.
viernes 7 de agosto de 2009
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